Era un restaurante de mariscos que se llamaba “El Pargo”, estaba por las inmediaciones del cuartel de la novena zona militar, por el boulevard Leyva Solano y la calle Guerrero, en Culiacán, Sinaloa. En los primeros años de la década de los setenta un hombre que vestía jeans, botas vaqueras, camisa de manga larga, y que solía llegar con dos autos donde iban sus escoltas, se dejaba ver en el sitio a donde iba por lo menos una vez al mes. Solía departir con varias personas, pero en ocasiones era visto en compañía  de un hombre mayor, un personaje identificado como de alto rango militar.

El personaje que se aparecía con escoltas era de estatura media, robusto, andar rengo por un balazo que recibió tiempo atrás, y lo conocían como “el comandante Martínez”. Solía ostentarse como miembro de la Policía Judicial Federal, pero en realidad era uno de los seudónimos de Manuel Salcido Uzeta, conocido como “el Gallo de San Juan”, nombre del pueblo donde nació muy cerca de San Ignacio en el sur de Sinaloa, y líder en el tráfico de drogas junto a otros jefes regionales como Pedro Avilés Pérez, “el León de la Sierra”.

Con quien solía reunirse en una de las mesas del restaurante, cuentan un par de reporteros veteranos que trabajaban para medios impresos que aquella época, era con un hombre que pintaba canas, de porte recio y quien también llegaba con escolta, solo que ésta era de soldados. De andar pausado y finas manera, llamaba la atención por su actitud afable y dispuesto siempre a escuchar. Ese militar era el general Gonzalo Castillo Ferrara, a quien conocían como “el general caballero”. El entonces comandante de la novena zona militar, y uno de los militares que encabezó la toma de Ciudad Universitaria en los días previos a la masacre estudiantil del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco, fue visto en varias ocasiones departiendo en “El Pargo” con “el comandante Martínez”, un individuo cuya celebridad como pistolero, había llegado a la capital sinaloense a raíz de las vendettas en las que se involucró al sur de Sinaloa.

Castillo Ferrara sabía la clase de personaje con el que departía, rememora uno de estos veteranos reporteros. Se decía que el objetivo de esas comidas era “mantener” informado al general de lo que ocurría en la zona sur de la entidad. Además, era una de las formas, porque había otras, de “agradecerle” el que sus soldados “respetaran” los campos de cultivo en la zona serrana que atravesaba los municipios de Cosalá, San Ignacio y Concordia, donde estaban los territorios de Salcido Uzeta.

El día que Salcido Uzeta quedó rengo fue una tarde de septiembre de 1973, cuando iba camino de su pueblo San Juan a su rancho, San Fermín, en la zona montañosa del sur del estado. Junto a su séquito fueron atacados a balazos a la vera del camino por otro grupo que encabezaba Braulio Aguirre, un pistolero que con apoyo de gente de Durango, buscaba quedarse con el control de esa región de Sinaloa. En aquel enfrentamiento murió uno de sus hombres más cercanos, él recibió un disparo en la pierna, y después de un intenso tiroteo lograron repeler la agresión.

A partir de ese día su temperamento cambió. Según los registros en notas periodísticas posteriores, elaboradas por reporteros que escribían de temas policiacos en aquel tiempo, Salcido Uzeta se volvió más sanguinario y comenzó a correr la versión de que sonreía mientras asesinaba a sus adversarios. Ofreció medio millón de pesos de la época a un grupo de policías judiciales federales para que le llevaran a su casa en Mazatlán, a los que habían sobrevivido a la balacera donde aquel tiro lo había dejado cojo.

Días después seis individuos fueron detenidos y presentados ante el capo en su casona de Lomas del Mar. Ahí ordenó los llevaran a un rancho de las afueras del puerto, y cumplieran con la orden. Horas después, la policía encontró fragmentos de cuerpos despedazados, algunos chamuscados, en una de las salidas de Mazatlán. Registros periodísticos de la época decían que por este caso fueron detenidos varios agentes federales encabezados por el comandante Ramón Herrera Esponda, quien junto a sus hombres, fue acusado de estar detrás de la muerte de los seis individuos. Trasladados a la ciudad de México, a los pocos meses los agentes federales fueron puestos en libertad.

Salcido en libertad se convirtió en uno de los pistoleros más sanguinarios que por ese entonces participaban, cada vez con mayor frecuencia, en ajustes de cuentas con personajes de otros grupos que rivalizaban en el control de las rutas del negocio ilícito. 

En febrero de 1974 la prensa de Culiacán reportó la captura de Salcido Uzeta en una de sus guaridas que tenía en la colonia Chapalita, en Guadalajara, donde operaba como enlace de don Pedro Avilés y el cubano Alberto Sicilia Falcón, el traficante avecindado en Miami que llevaba cocaína por el Mar Caribe rumbo a los Estados Unidos. Tras su detención pasó unos meses en prisión en Jalisco, después fue llevado a Mazatlán y recaló en el penal de Culiacán donde sería juzgado como autor material de varios asesinatos. A principios de noviembre de 1975 “el Gallo de San Juan” huyó de prisión, y según la prensa local, lo hizo después de pagar medio millón de pesos a las autoridades penitenciarias para que lo dejaran ir en libertad.

Salcido en libertad se convirtió en uno de los pistoleros más sanguinarios que por ese entonces participaban, cada vez con mayor frecuencia, en ajustes de cuentas con personajes de otros grupos que rivalizaban en el control de las rutas del negocio ilícito. En esos años creció su fama de verdugo, se le atribuían hacia finales de los años 70 al menos un centenar de homicidios. Su fisonomía era la de un obeso y cada vez era más frecuente que, por su complexión, lo conocieran como ‘cochi’ (cerdo), pues así lo llamaba su madre desde niño debido al agudo llanto que parecía el de un chancho. El apodo se complementaba por un rasgo de su personalidad que lo hacía inclinarse con facilidad por la bebida, el palenque, las mujeres y el gatillo fácil. Sus socios sabían que la mesura no era lo suyo, y lo tildaban de loco. De buenas a primeras los agentes de la DEA, la agencia estadounidense antidrogas, que comenzaron a fichar a los cabecillas de la organización que encabezó Miguel Ángel Félix Gallardo, Ernesto Fonseca Carrillo, Rafael Caro Quintero y los hermanos Juan José y Emilio Quintero Payán, lo llamaron “Crazy Pig”. Era la traducción que hacían de su apodo: “el Cochiloco”.

Cochiloco

Gil Caro Rodríguez, Benjamín Arellano Félix y Salcido Uzeta, habían recibido en la segunda mitad de los años ochenta la encomienda de Miguel Ángel Félix Gallardo de operar el trasiego de droga de Guadalajara a Tijuana. El Cochiloco había sentado sus reales entre ésta ciudad fronteriza, la capital tapatía y el puerto de Manzanillo, Colima. Su epitafio comenzó a escribirse en 1989 cuando junto a Gil Caro, a quien apodaban “el Chapo Caro”, primo de Rafael Caro Quintero, operó el robo de cuatro toneladas de cocaína que eran transportadas a bordo del barco “Chimborazo”, que venía de Colombia. Era un cargamento de ocho toneladas propiedad de los socios de Pablo Escobar, y el hurto se dio a los pocos meses de que fuera detenido Félix Gallardo.

Entre Salcido Uzeta y “el Chapo” Caro, operaron junto a sus hombres el desfalco de medio cargamento cuando recaló en el puerto de Manzanillo, Colima. La nave siguió rumbo a su destino, Ensenada, Baja California, pero la súbita “desaparición” de la mitad de la carga alertó a los colombianos.

“El Chapo” Caro fue abatido a tiros cuando manejaba su camioneta por una de las avenidas de Culiacán, muy cerca del rumbo conocido como Cañadas. La prensa local publicó en aquel 1989 que el vehículo había quedado incendiado y deshecho, como si después de rociarlo a tiros, le hubieran arrojado a la cabina del conductor una granada. Pasaron varios meses, un par de años quizá, y el 9 de octubre de 1991 sobre la avenida López Mateos, en Guadalajara, un motociclista se emparejó al vehículo que conducía Jesús Lázaro Saucedo, un militar retirado que servía como escolta de Salcido Uzeta, quien viajaba en el auto junto a su hija. Atrás del motociclista iban dos camionetas, de donde descendieron varios individuos armados, quienes al ver que el centinela disparaba contra el chofer y el vehículo se estrellaba, se dirigieron al copiloto. A la mujer no la tocaron, una nota de prensa recogió que resultó con una herida leve, pero el cuerpo del “Cochiloco” quedó con el cráneo destrozado y la ropa hecha jirones. Era la venganza por el “Chimborazo”.

Posted by Juan Velediaz

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