Días después de 1 de diciembre de 1970, cuando el entonces mayor de infantería Jorge Carrillo Oléa había sido nombrado por Luis Echeverría jefe de inteligencia del Estado Mayor Presidencial (EMP), su antecesor en el cargo lo encaró en el primer encuentro que tuvieron.

―A usted me lo voy a traer al pedo—le dijo el teniente coronel Carlos Enrique Bermúdez Dávila, quien durante el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz había ocupado la jefatura de la sección segunda del Estado Mayor Presidencial y era uno los oficiales más cercanos al titular del EMP, el general Luis Gutiérrez Oropeza.

Bermúdez creía que aún podría conservar injerencia sobre ésta área, estaba acostumbrado al poder sin límites que había acumulado en el gobierno que terminaba. Carrillo Oléa recuerda que se plantó y con aplomo le respondió que él tenía sus propios deberes, el único superior al que respondería sería al nuevo jefe del Estado Mayor Presidencial, el general Jesús Castañeda Gutiérrez.

El teniente coronel Bermúdez era un militar de todas las confianzas de Gutiérrez Oropeza, quien como jefe del Estado Mayor Presidencial quedó marcado al haber sido identificado por ser quien ordenó el despliegue de 10 oficiales armados bajo su mando en algunos departamentos en los edificios aledaños a la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. A todos ellos les dio órdenes de disparar contra la multitud y contra el ejército la tarde del 2 de octubre de 1968. Su legado en el EMP más allá de los hilos maquiavélicos que tejió junto con el secretario de Gobernación Luis Echeverría, era un equipo de militares de una hechura particular: autoritarios, arbitrarios y corruptos. Y Bermúdez Dávila era un ejemplo.

Echeverría nombró a Bermúdez jefe de ayudantes, un área que a partir de diciembre de 1970 dependería de la sección segunda al mando de Carrillo Oléa. El teniente coronel no se acostumbró a la pérdida de influencia y se confrontó con el general Castañeda Gutiérrez. Por orden presidencial en febrero de 1974 fue removido. El episodio quedó resumido en su expediente como “agregado al Estado Mayor Presidencial con licencia especial para prestar sus servicios en el PRI”.

Nacido en 1932 en San Luis Potosí, Carlos Humberto Bermúdez Dávila ingresó en 1950 al Colegio Militar donde se graduó tres años después como oficial de artillería. Desde 1955 al inicio de su carrera comenzó su labor como oficial del Cuerpo de Guardias Presidenciales. Pasó unos años como estudiante en la Escuela Superior de Guerra y después en la planta del Estado Mayor de la Defensa, que equivalieron como a una pausa, regresó a Guardias Presidenciales al comenzar la década de los años 60.

Estuvo comisionado al primer batallón de artillería del Guardias Presidenciales hasta diciembre de 1964, cuando Luis Gutiérrez Oropeza, nombrado jefe del Estado Mayor Presidencial por el Díaz Ordaz, lo designó jefe de la sección segunda, dedicada a labores de “inteligencia”.

“En la Sección Segunda, además del envilecimiento se actuaba con pasmosa impericia y siempre con el ánimo de “saberlo todo”, dados los afanes inquisitorios y represivos del jefe, el general Luis Gutiérrez Oropeza, y de su superior directo, el presidente Díaz Ordaz. Así el producto de esas “labores de inteligencia” no era más que un burdo espionaje y vil chismorreo”, decía Carrillo Oléa.

El año de 1966 fue clave en la carrera militar de Bermúdez Dávila. En su expediente se lee que entre octubre y noviembre, hizo una gira de “orientación por diversas instalaciones de inteligencia del ejército de los Estados Unidos”. De esas visitas tiempo después vendría el primer grupo de “instructores” norteamericanos, quienes  prepararon a militares del Estado Mayor Presidencial en tácticas de sabotaje, explosivos y labores de francotirador.

Era una de las acciones ordenadas por Gutiérrez Oropeza, con autorización de Díaz Ordaz, de las que el entonces secretario de la Defensa Nacional, Marcelino García Barragán, aseguró no estar enterado. Lo sabría tiempo después, cuando subordinados suyos le informaron que en el campo de tiro del EMP había un grupo de estadounidenses entrenando oficiales con explosivos.

El rol del jefe de inteligencia del Estado Mayor Presidencial iría más lejos, Carrillo Oléa su sucesor, lo anotó de esta manera.

“El asunto más sobresaliente del cúmulo de papeles desorganizados y sin control que recibí era el referido a la actuación de los elementos del Estado Mayor Presidencial el 2 de octubre de 1968. Sobre lo ocurrido había tarjetas informativas, relaciones de personal, planos y otros documentos correspondientes a la plaza de las Tres Culturas. Sin embargo, frente a la importancia del suceso y ante el hecho de que por voluntad del presidente había estado presente el EMP, resultaba incongruente que ahí no se encontrara nada relevante que hubiera permitido reconstruir consideraciones, proyectos, decisiones y acciones. Si se recuerda, miembros del Estado Mayor Presidencial, como lo confesó Gutiérrez Oropeza en sus memorias, formaron parte del grupo que disparó contra los estudiantes desde un edificio denominado Molino del Rey (mismo nombre con el que de forma arbitraria se conoce en Los Pinos al sitio donde se aloja una parte del EMP)”.

“En la Sección seguían trabajando dos personas que habían participado personalmente en los hechos de Tlatelolco: un capitán de la Armada, César Carreón Bourgard y un teniente, Cipriano Alatorre Osuna. El marino pronto se dio cuenta de que ahí no habría futuro para él y solicitó su reincorporación a la Armada. A Alatorre, joven de 21 años, lo incorporé a mi personal de confianza y muy pronto me comunicó los pormenores de lo que había hecho el EMP aquella tarde, en una operación ordenada por Gutiérrez Oropeza y comandada por Bermúdez desde el edificio mencionado. No solo hicieron uso de las armas sino que proveyeron de armas y municiones a grupos paramilitares que estaban esparcidos entre los muchos empleados del entonces DDF”.

“Con verdadera repugnancia informé de todo ello al general Castañeda. Me embargaba una doble sensación, con un componente de carácter ético y otro muy fuerte de descalificación profesional. El general Castañeda y yo veníamos de ejercer una larga y sólida docencia precisamente en esa materia: el Estado Mayor, la misma institución militar que ahora veíamos degradada. No pesaba menos el orgullo de ser oficiales de esa especialidad, con un bien ganado y auténtico prestigio. Mostrando incredulidad, desaprobación y un notable enojo, el jefe del Estado Mayor me ordenó: “Destruya usted todo eso, Jorge, y empiece a trabajar profesionalmente”. 1

Carrillo decía que aun sin esa orden para deshacerse de aquella documentación, lo que ahí había no alcanzaba para aclarar lo que en realidad ocurrió el 2 de octubre. “No había nada de valor con contenido político, ni siquiera algo relacionado con planes organizativos de los cuales pudieran derivarse responsabilidades”.

Toda la información relevante había sido oral, aunque provenían de testigos irreprochables que habían sido actores presenciales. “Fueron copartícipes de los acontecimientos y se referían a ellos con todo detalle. En cada uno de los pasos que dieron no había nada significativo: para ellos fue como si en aquella tarde una secuencia natural de hechos los hubiera conducido a disparar del edificio Molino del Rey. La ausencia de huellas que habíamos constatado, podría entenderse como una operación limpieza”, pero no, era simple primitivismo y ausencia total de profesionalismo”.

Cipriano Alatorre Osuna, uno de los oficiales del Estado Mayor Presidencial que disparó contra los estudiantes en la plaza de las Tres Culturas el 2 de octubre de 1968, murió acribillado a tiros junto a uno de sus escoltas en julio de 1987 en Guadalajara, Jalisco. En 1984 había sido nombrado por el entonces gobernador Enrique Álvarez del Castillo, director de la policía intermunicipal de la capital tapatía. Las versiones tras su muerte decían que se trató de una vendetta del capo Ernesto Fonseca Carrillo “don Neto”. Uno de los hijos del jefe del cartel de Guadalajara, era perseguido por el jefe policiaco cuando se estrelló a bordo de auto donde viajaba acompañado por su esposa. Fue su sentencia de muerte.

Al término del gobierno de Luis Echeverría, Bermúdez Dávila regresó al EMP como subjefe, uno de sus mejores amigos del grupo formado por Gutiérrez Oropeza había sido nombrado titular del organismo. Miguel Ángel Godínez Bravo lo puso como su brazo derecho durante el gobierno de José López Portillo. Fue el sexenio en el cual a donde viajaba el presidente, Bermúdez era condecorado. Medallas en Alemania Federal, Bulgaría, Hungría, Japón, Brasil, Francia.

Fue el preámbulo que sirvió como argumento para que Godínez en 1982 lo recomendara con el candidato del PRI, Miguel de la Madrid, para hacerse cargo de la logística de la campaña y su seguridad.

Bermúdez fue el prototipo de jefe del Estado Mayor Presidencial que hizo su carrera y recibió ascensos como “abre-puertas y carga portafolios” de políticos, según sus contemporáneos. También fue el hombre que sabía cómo estuvo la trama oculta de la matanza del 2 de octubre.

En el año 2008, cuando se cumplieron 40 años de la masacre den Tlatelolco, el autor de estas líneas lo buscó por medio de conocidos mutuos. Un mensaje para una entrevista sobre los testimonios que comenzaban a conocerse en el medio castrense, donde lo señalaban como uno de los francotiradores apostados en los edificios que rodean a la plaza, tuvo como respuesta No. Bermúdez mandó decir que él no tuvo nada que ver, y que todo lo que se decía eran “mentiras”. El oficial del Estado Mayor Presidencial que llevaba el mando de quienes atacaron a los estudiantes y disparó contra el ejército, se negó a dar su versión de los hechos.

Poco después de que terminó el sexenio de De la Madrid, el general Bermúdez fue nombrado jefe de la 12 zona militar en su natal San Luis Potosí. No se acomodó al mundo de los cuarteles, acostumbrado a los grandes salones y banquetes del poder presidencial. Desde entonces quedó anotado como “comisionado con el ex presidente Miguel de la Madrid”. Se retiró de la milicia en 1997.

Pese a que vivió muchos años en la opulencia, hace algún tiempo se separó de su mujer, y quedó al cuidado de sus hijos. El 6 de agosto del 2015 Carlos Humberto Bermúdez Dávila, jefe de los francotiradores del Estado Mayor Presidencial que dispararon contra la muchedumbre el 2 de octubre en Tlatelolco, murió en su domicilio particular.

“Murió solo, en la miseria, abandonado”, dijo la decana de la fuente militar y por muchos años su íntima amiga, la periodista Isabel Arvide.

En los últimos años de su vida “su comportamiento no era normal, estaba loco”, comentó el general de división retirado Enrique Pérez Casas, contemporáneo suyo del Colegio Militar. Tenía un tipo de conducta como el de un hombre al que le pesaba su pasado, un pasado que le cobró factura al final de sus días.


1.- “México en Riesgo. Una visión personal sobre un Estado a la defensiva”. Jorge Carrillo Oléa. Grijalbo, México, 2011.

Posted by Juan Velediaz

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