Leer es una forma de escuchar con los ojos, decía en abril del 2009 Julio Villanueva Chang, escritor y editor de la legendaria revista peruana de crónicas y reportajes Etiqueta Negra. Por esos días dictaba un taller de edición en la ciudad de México, y ante su auditorio de no más de 30 reporteros, ponía el énfasis en que existía una crisis general de la atención en la gente que está en contacto con los medios de comunicación. Decía que todo en principio es un problema de selección y jerarquía. Para la escritura y su presentación ante los lectores, los medios no tenían ni les interesaba el tiempo para administrar las ideas de cómo plasmar un buen trabajo que le dejara algo más que entretenimiento a sus audiencias.

La idea venía a colación porque por esos días uno de sus colaboradores en la revista, el cronista argentino Leonardo Faccio, se había embarcado en una empresa que en ese momento parecía descomunal. Se trataba de realizar un perfil del futbolista argentino del Barcelona, Lionel Messi.

Villanueva decía que en un perfil se trataba de ir de la fisonomía del carácter al alfabeto de una personalidad, de una apariencia a armar las piezas del rompecabezas en que se convertía la identidad. Y con Messi les costaba mucho trabajo porque el genio del futbol mundial contestaba con monosílabos, con un seco sí, o con un decepcionante no.

“Visto de cerca, Messi tiene ese aspecto contradictorio de los niños gimnastas: unas piernas con músculos a punto de explotar debajo de unos ojos tímidos que no renuncian al fisgoneo.”

Faccio se encontró por primera vez en ese 2009 con Messi durante 10 minutos en una sala de descanso del club Barcelona. La gente de prensa le dio ese lapso porque la estrella del equipo no le gustaba dar entrevistas. Apareció en bermudas y chancletas, como quien acaba de regresar de la playa, y tenía un rostro de sincero aburrimiento.

“Visto de cerca, Messi tiene ese aspecto contradictorio de los niños gimnastas: unas piernas con músculos a punto de explotar debajo de unos ojos tímidos que no renuncian al fisgoneo. Es un guerrero con mirada infantil. Pero por momentos es inevitable sentir que uno ha venido a entrevistar a Superman y que te atiende uno de esos héroes distraídos y vulnerables de Disney”, escribió Faccio.

Fueron tres años de perseguir a Messi por distintas partes de Europa y Argentina. De aquel 2009 al 2011, Faccio le siguió la pista durante los años de su explosión como máxima estrella del futbol mundial. El testimonio de ese periplo lo dejó plasmado en “Messi. El chico que siempre llegaba tarde [y hoy es el primero]”, un libro que se publicó en 2011 pero cuya segunda edición del año pasado acaba de llegar a librerías en la ciudad de México.

Uno de los libros más hermosos de la literatura universal trata de cómo la intimidad permanece, en cierta forma, camuflada, enquistada en el organismo conceptual que quiere penetrar en el cuerpo universal de la existencia. Ese libro se llama “Zibaldone de pensamientos”, del poeta italiano Giacomo Leopardi. No hay realidad en el mundo que no tenga cierto aire de ilusión, de búsqueda de una verdad oculta para el resto de las personas. En ese libro, que son una serie de aforismos, pensamientos, pequeñas digresiones, profundas reflexiones, sobre la naturaleza humana y sus avatares, el poeta Leopardi traduce los pliegues del silencio del alma, del desconcierto del espíritu ante el insondable paso del tiempo. Leopardi nació en Recanati, la ciudad donde tienen su origen los Messi. Algo tendrá esa ciudad localizada al este de la bota italiana, cercana a la costa del Mar Adriático, que impregnó de genio y silencio a uno de sus descendientes contemporáneos que cada domingo, tras un partido de su equipo de futbol, le agrega un dejo de asombro a su juego.

Faccio cuenta que en “el paisaje de su infancia, dentro de la comunidad de inmigrantes en Rosario, los italianos son la familia más numerosa. La madre de la Pulga es Celia Cuccitini. Los primos son Biancuchi. Su mejor amigo es Scaglia. La novia es Roccuzzo. Los Scaglia y los Roccuzzo son primos. Sus padres administran un supermercado y comparten una casa de dos plantas. Messi llegaba a visitar a Scaglia. La novia del futuro vivía en el primer piso”.

Cuando se trata de acercarse al ídolo, el cronista no deja de percibir cierto aire de desconcierto ante su mutis que pasaría a ser tan legendario como la sonrisa con los dientes al aire de Ronaldinho. “Son engañosas las fotos que congelan a Messi con el rostro desencajado en el instante de un zapatazo mortal. También las cámaras que lo enfocan cuando lleva la pelota en los pies. Ante la virilidad futbolera que exige aullidos de vencedor después de convertir un gol. Leo Messi es en 2009 el único futbolista estrella capaz de provocarnos ternura con sus festejos, como cuando al final de un partido se lleva la pelota bajo el brazo con la cara de un niño que acaba de ganar un peluche en un tiro al blanco”.

Sentarse a platicar con Messi puede resultar una experiencia muy frustrante. Sobre todo si no se percata el entrevistador que “la Pulga”, es de los que hay que sacarles las palabras con tirabuzón. Transcurrido el tiempo de ese primer encuentro, Faccio escribe: “De golpe Messi gira la cabeza como si un dedo invisible le tocara la espalda. Van diez minutos de entrevista y ya busca la salida, como el buzo que cuenta los segundos para volver a la superficie”. Hacia dentro de su entorno, fuera del ruido de los estadios y del estruendo de las firmas deportivas, como Adidas y Nike que se pelearon en tribunales por él, el resto de vida del futbolista parece moverse con más lentitud.

“Leo Messi prefiere no recordar ciertas cosas de su infancia. Faltan tres minutos para que acabe la entrevista y suelta el gesto de fastidio que pone cuando le anulan un gol: el mentón hundido, la boca torcida, el ceño apretado”. Fue su reacción cuando vio el libro que llevaba Faccio: “El Niño que no podía crecer”, de Luca Caioli, donde se celebra la epopeya futbolística de la Pulga en el desmesurado mundo del balón.

—Ahí salen cosas que no tenían que salir—le dice Messi a Faccio. Se narra su primer viaje a Barcelona con solo 13 años, acompañado de su papá y de Fabián Soldini, su primer agente con el que poco después su padre rompió. Eran los días de aquella prueba en el campo de la Massia, la escuela de nuevos valores del equipo catalán, ahí fue cuando impresionó a todo mundo con sus gambetas, y que pese a ser muy pequeño de estatura, tenía una agilidad y velocidad de reacción solo vista en otro célebre chaparrón, su compatriota Diego Maradona.

“Leo Messi debió de acomodarse a la lógica del negocio. El video en el que hacía malabares con una naranja acabó publicitando una tarjeta de crédito. Soldini, el productor de aquella función infantil, se enteraría por la televisión. El fin de la inocencia amateur fue el principio de la codicia industrial: el primer gran compromiso por la Pulga se pactó en una servilleta. El entonces director deportivo del Barca, Carlos Rexach, lo vio jugar siete minutos y, frente a un agente intermediario, tomó la servilleta de un restaurante y firmó un compromiso de contrato. No quería que otro club se apoderara de Messi. El Barca se adueñó de su futuro en la precariedad de un papel desechable. En menos de una década, un chico veinteañero pasó a ganar cuatro veces más de lo que Barack Obama declara por la venta de sus libros y por presidir el país más poderoso de la tierra”.

En la vida de un futbolista profesional como Messi, hacer publicidad es un compromiso comercial tan o más rentable que jugar un partido, dice Faccio. “Un partido, como el rodaje de un anuncio publicitario, no deja de ser un compromiso comercial”.

En el libro nos enteramos, vía Sebastián “la Bruja” Verón, cómo eran esas horas de tedio en el lapso intermedio de cada partido de la Copa del Mundo de Sudáfrica en 2010. Cuando se acababan los entrenamientos y había que descansar. Verón fue su compañero de cuarto y le contó a Faccio que Messi se apoderaba del control remoto de la televisión como mandamás que no quiere saber nada de la realidad al momento de hacer click y encender la pantalla. Al rato el genio se aburría y dormía. Porque nadie se lo imagina pero Messi no es de fiestas, galas o cocteles. Prefiere el dulce anonimato que le da llegar a su casa, tirar su maleta por ahí, y echarse en el sofá a dormir. Dormir y dormir, así se le van las horas genio cuando no está en un estadio. Porque una vida sin balón es un lugar tedioso para el genio del futbol.

Apunte

El libro de Faccio se lee de un tirón, de una sentada y se disfruta el que esté bien escrito y mejor reporteado. Es un trabajo que ilustra de principio a fin la idea de Villanueva Chang cuando habla de que un perfil cuenta la historia íntima de una persona, “pero también el carácter y la biografía de la idea que ha encarnado ésta durante toda su vida”.

Unas de las imágenes poco frecuentes del futbolista brasileño Neymar, lo mostraba nervioso en su primer entrenamiento con el Barcelona el lunes 29 de julio del 2013. Sin alejarse de su compatriota, el célebre el defensa Dani Alves, me recordó la sensación de incertidumbre del primer día de clases, cuando no se conoce a nadie, se está en terreno desconocido  y no se cruza palabra con ninguno de los nuevos compañeros del salón.

Esa imagen como de regreso a la infancia, al primer día de clases, con compañeros nuevos y nuevas compañeritas, con alguna linda desconocida asomándose por ahí, es lo más cercano una promesa de deleite cuando se trata de ver jugar a Messi cuya gambetea nos recuerda que “la cancha no es un campo de batalla, sino una geografía de unidades de emoción”.

Posted by Juan Velediaz

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