Juan Veledíaz

—Jefe, otra vez se está peleando el Güero—dijo uno de sus asistentes cuando entreabrió la puerta de su oficina en la comandancia de la policía judicial en Los Mochis. El Güero era un adolescente larguirucho, de tez blanca, no tenía más de 13 años pero por su estatura y complexión, aparentaba ser un joven que rondaba los 20.

El día que Humberto Rodríguez Bañuelos, comandante de la judicial del estado en Los Mochis, reclutó a Francisco Murillo Díaz fue porque le llamaba la atención que el plebe, al que apodaban el Güero, fuera arrojado, entrón para las riñas y muy dado a golpear con cierta saña a sus rivales en las peleas callejeras. Era un desertor de la secundaria convertido en un bandolero en ciernes.

Una ocasión en aquella época, a principios de los años 90, el jefe policiaco lo llamó a su oficina. —Eres de emociones fuertes—le dijo. El comandante Bañuelos tenía sus oficinas en la calle Belisario Domínguez en la céntrica colonia Anáhuac, la misma calle donde vivía aquel adolescente que años después se volvería célebre con el alias de “el Güero Jaibo”.

Francisco tenía un amigo y vecino con el que iba a todas partes y quien tiempo después lo siguió hasta el abismo. Se llamaba Fabián Martínez, pero entre los jóvenes de la calle Belisario Domínguez era mejor conocido como “el Tiburón”. Tiempo después ambos fueron dos de los pistoleros más efectivos que llegó a tener bajo su mando Rodríguez Bañuelos, un hombre que era recordado por los reporteros en Los Mochis, por su fisonomía que era parecida al actor y comediante Borolas: alto, gordo, simpático y alburero pero que, por esa cara blanca y ancha con papada y bolsas bajo los ojos saltones, lo apodaban “la Rana”.

“La Rana”, “el Güero Jaibo” y “el Tiburón” era el trío de Los Mochis que saltó a la fama un 24 de mayo de 1993 cuando en el aeropuerto internacional de Guadalajara, formaban parte del comando bajo las órdenes de los hermanos Arellano Félix, capos del cartel de Tijuana, que participaron en una balacera en la que fue asesinado el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo. La versión oficial refería que el prelado cayó abatido, supuestamente tras ser confundido con Joaquín “el Chapo” Guzmán.

La Belisario Domínguez es una calle de tránsito local con algunos comercios y casas de amplios porches que corre de oriente a poniente en el centro de Los Mochis. Si uno mira hacia donde sale el sol, resaltan unas antenas de radio y televisión colocadas en la cima de los casi mil metros que tiene el legendario cerro de la Memoria, un lugar donde dicen los vecinos, quien se sube al bajar ya no la pierde.

Quizá por ello todavía hay gente que recuerda alguna de las andanzas del “Güero Jaibo” y “el Tiburón” cuando comenzaron a trabajar para Ramón y Benjamín Arellano Félix, acérrimos enemigos del Chapo, y solían regresar de Tijuana “a enfriarse” a Los Mochis. Siempre que cometían algún asesinato en aquella ciudad fronteriza, a los días ya estaban aquí y agarraban un salón de fiestas de fachada amarilla con dibujos de globos rojos —y que hasta hace unos meses todavía estaba en la esquina de Belisario Domínguez con la calle Inés a pocos pasos de lo que antes era la comandancia de la judicial y hoy día es un depósito de cerveza—, para armar su festejo.

Cuando andaban por los 15 años de edad ya traían un auto BMW descapotable y se hicieron novios de un par de chicas cuyas madres una vez les provocaron un disgusto. Venían de un jale en Mexicali y fueron por ellas, al  verlos llegar la mamá de una increpó a Fabián. Lo paró en seco cuando tocó y abrió la puerta, salió y apuntó con el índice al auto.

—Ustedes no andan en buenos pasos—le dijo. “El “Tiburón” se enfureció al escuchar aquello, volteó a ver a su amigo y echaron a correr por la calle, cuando volvieron traían en sus manos dos tambos de gasolina y rociaron el vehículo para prenderle fuego. Cómo no iban a olvidar los vecinos de la calle Belisario a aquellos dos que quemaron un BMW descapotable cuando les prohibieron ver a sus morras.

Hubo un tiempo en que las versiones recogidas en la investigación ministerial por el homicidio de

Posadas Ocampo, le atribuían al “Güero Jaibo” haber sido quien vació la carga de su AK-47 sobre el casi metro 80 de estatura que tenía el cardenal. De eso quedó constancia con una foto del cuerpo tirado sobre el asiento del copiloto del auto gran marquis donde esa tarde llegó al aeropuerto. Al “Tiburón” se le recuerda por haber sido uno de los pistoleros más sanguinarios de cuantos tuvo bajo su mando Ramón Arellano. La imagen que se tenía de él era que cuando se ponía su cachucha de beisbolista así atrás, sus socios sabían que andaba presto para hacer lo que lo distinguía: destrozar el cráneo de sus víctimas a tiros. Ambos dieron fama a la banda de pistoleros del cártel de Tijuana pues se decía que eran una copia fiel de lo que su jefe, la “Rana”, era desde sus tiempos de policía judicial: un sanguinario.

Veinte años después salvo Rodríguez Bañuelos quien purga sentencia en el penal de Puente Grande,

Jalisco, el resto fueron abatidos a tiros en la larga saga criminal que marcó al cartel de Tijuana.

De aquel episodio que el 24 de mayo cumple 26 años, existe un dato que refiere que el día de su muerte el cardenal Posadas Ocampo llevaba un portafolio, el cual desapareció, con información documentada que entregaría al entonces nuncio apostólico Girolamo Prigione. La versión refiere que eran evidencias de la vinculación de políticos de primer nivel con el narcotráfico. El otro dato lo recoge Anabel Hernández en su libro “Los señores del narco”, el cual contradice la versión oficial de que se trató de una confusión de dos grupos de pistoleros que se encontraron en el aeropuerto. “Amado Carrillo les dijo a sus allegados que ni los Arellano Félix ni Guzmán Loera habían participado en la balacera, sino que se trataba de un tercer

grupo cuyos integrantes no eran del norte del país, pero que sí iban vestidos como norteños”, se lee en la página 31. El personaje que sale a relucir en el libro como orquestador del ataque, y que actualmente pasa largas temporadas en su rancho en la zona de Istmo en Oaxaca, es Rodolfo “el Chino” León Aragón, en aquel entonces director de la Policía Judicial Federal.

 

 

 

Posted by Juan Velediaz

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