Enric González salió por atrás del estrado del encuentro de Cronistas de Indias, celebrado en el Museo de Antropología aquella tarde de octubre del 2012, discreto sin voltear a ver a nadie, se encaminó fuera de la concurrencia para fumarse un cigarro. Por esos días el patio central del lugar había sido acondicionado como sede del evento, donde se daban cita los periodistas y escritores de no ficción más destacados de América Latina, y alguno que otro de España, Francia y Estados Unidos.

La mirada de Enric parecía la de un niño después cometer una travesura, abría un poco más los ojos y como que se le dibujaba de manera natural una sonrisa. Miró con sorpresa que alguien se le acercaba para pedirle una entrevista. Pensaba que nadie lo iba a reconocer, es decir, que supiera de sus andanzas en los últimos años como corresponsal. Sonriente, invitó al reportero a caminar fuera de ese lugar, quería ver algo más del museo pero a esa hora de la tarde las salas ya habían cerrado. Instalados en la entrada del lugar, con las reproducciones de efigies mayas a su espalda, se acomodó por ahí y comenzó a platicar que era la primera vez que estaba en México. De ahí que todo aquello que albergaba el sitio lo tuviera sorprendido.

Después de 27 años como reportero de economía, política y muchas otras cosas más, y corresponsal en París, Londres, Nueva York, Roma y Jerusalén, para el periódico español El País, su actitud parecía más la de un chico que recién descubre algo novedoso, que la de un periodista curtido en varias atmósferas y parlante de varias lenguas. Cuando a mediados de los años 90 comenzó a circular el rotativo ibérico en México, leer sus despachos desde ciudades donde le tocó trabajar, y guardar para releer y analizar sus crónicas y reportajes  sobre los más variados temas, era como conservar lecciones de periodismo sobre cómo observar, qué leer y hacer, para que la escritura de un reportero siempre fuera clara y nunca dejara de aportar datos, información, sustancia y estilo.

Un ejemplar de “Historias del Calcio”, uno de sus libros sobre cómo abordar temas de cultura general desde la grada de un estadio de futbol italiano, esperaba a ser autografiado sobre la superficie de una mesita. Esta obra formaba  parte de la trilogía “Historias de Nueva York” e “Historias de Londres”, publicados en un solo volumen un año atrás, los cuales reúnen crónicas, reportajes, perfiles, apuntes, ensayos, en los que la lucidez atraviesa la buena escritura de un hombre que esa tarde movía la cabeza con cierta condescendencia cuando escuchó que el reportero le preguntaba sobre el significado de la tristeza en los futbolistas.

Por esos días Cristiano Ronaldo, la estrella del Real Madrid, había declarado que se sentía “triste”. En su libro sobre el calcio italiano, había un texto sobre la melancolía que embargó al delantero brasileño Adriano, cuando jugaba en el Inter de Milán. Esa “saudade” que se tradujo en un bajón en el juego del carioca, ante la ausencia y lejanía de la alegría de la vida en su tierra natal.

—No, de ninguna manera se parecen—dijo Enric cuando se le cuestionó si había similitud entre la tristeza de Adriano y la de Cristiano Ronaldo.

—Cristiano es una historia de superación, de niño era pequeño de físico, creció, se desarrolló, es un obsesivo de mejorar, un tipo mucho más trabajador de lo que la gente le atribuye, arrogante… no sé. Es un tío empeñado en hacer las cosas lo mejor que las puede hacer. Adriano es un talento puro, tiene el físico desde el principio, tiene las dos piernas, la cabeza, esa potencia enorme. Era un tío que tenía que ir bien, pero se ha quedado anclado en la favela. Un día hablando con (Giacinto) Facchetti, que murió ya, un directivo del Inter, hablando de Adriano, decía que lo habían mandado a una temporada a Brasil, porque él quería ir a Brasil. Entonces había una cosa, que si se drogaba, que si bebía, no se qué. Y Facchetti decía: ‘no si quiere beber y drogarse aquí, no, lo que él echa en falta son los amigos de la infancia’. El problema es que todos sus amigos de la infancia son traficantes, gangsters. Se puede sacar al chaval de la favela pero no se puede sacar la favela del chaval. Ese era el problema de Adriano, cuando se escapa, no va a un hotel de lujo a encerrarse una juerga con putas, como hace muchos futbolistas. Él se va a una favela a tomar cerveza con sus amigos de la infancia. Pistolas, ambiente. Por ahí él quiere recuperar eso, la favela, la infancia. La gente que le conocí en Italia, intuía el secreto de por qué Adriano no se convirtió en un gran fenómeno futbolista. Cuando en realidad todos quieren huir. Andar a todo lujo, mujeres, gastar. El solo quiere estar en ese ambiente, regresar a la favela, muy curioso.

Enric González era un reportero de información general que cuando estuvo de corresponsal en Roma, cada domingo escribía sobre el Papa, entre semana enviaba textos sobre las andanzas de Silvio Berlusconi, sobre el pozo sin fin de la crisis económica italiana, sobre la presencia de la Mafia en la vida política con episodios que goteaban en los juicios que le tocó cubrir, frente e todo eso tuvo espacio para hacer una columna semanal sobre el calcio. Por ahí apareció un perfil sobre Cristian Vieri, “el Toro”, ese centro delantero del Inter que era tan efectivo a la hora de meter gol como a la hora de ligarse una súper modelo italiana, checa o brasileña.

Vieri hacia lo contrario de Adriano, recordaba Enric, cuando alguna ocasión le tocó encontrarlo. “Cada semana una novia, uuuf! Era un tipo tan cha… que lo podías engañar como querías. Una vez llegó con su Ferrari y naturalmente él aparcaba delante del restaurante y le echaba las llaves al aparca-coche. Naturalmente la gente aprendió que funcionaba así. Lo que hacían es cuando aparcaba, se presentaba un propio a pedirle las llaves, se las daba, entraba al restaurante, acto seguido el tío le robaba el coche. A Vieri le robaron el Ferrari dos veces así”.

De Roma, Enric regresó a Barcelona, en su Cataluña natal, cuando hubo reacomodos en la dirección del País. Lo llamaron a Madrid en los días de la reorganización pero no tardó mucho para que volviera a las andadas, ahora como corresponsal en Jerusalén. Una ocasión, cuando estaba a punto dejar la corresponsalía, volvió a su departamento de Barcelona, era la media noche cuando sonó el teléfono.

—Hola, hola ¿Enric? Soy Josep Guardiola. Que he pedido tu teléfono, oye te quiero conocer…—palabras más,  palabras menos, rememoraba González, fue lo que escuchó del otro lado del auricular. Un amigo mutuo, escritor catalán, le había dado su número al ex entrenador del equipo de futbol Barcelona, que por esas semanas, había dejado la dirección técnica del conjunto. Llamó, se disculpó por la interrupción, y le pidió que se encontraran, quería hacerle algunas consultas. Quedaron de verse poco después en un restaurante de la ciudad.

Guardiola estaba sentado por ahí en una de las mesas con un periódico abierto cuando Enric llegó y se sentó. Se saludaron y comenzaron a charlar. Pep le dijo que había leído su libro “Historias de Nueva York”, y que le había parecido muy bueno y por eso lo buscaba. En las semanas por venir se iba a vivir a la gran manzana, y quería pedirle consejos, recomendaciones, qué mirar, dónde ir, qué le parecía tal o cual lugar. Se iba de Barcelona con su mujer y sus hijos para mejorar su inglés. Aquella charla fue cálida, como la de dos viejos conocidos, había cosas en común, respeto por el trabajo de cada quien, intercambiaron impresiones sobre ciertas ciudades italianas, donde Guardiola jugó. Enric lo veía como con cierta distancia pues no era seguidor del Barcelona, sino del equipo rival de la misma ciudad, el Español.

De aquél encuentro Enric se quedó con la impresión de que Guardiola era un tipo muy modesto, muy lúcido. “Pep sería el arquetipo del catalán llevado al extremo. El arquetipo, lo que nosotros suponemos lo que es el arquetipo: alguien muy trabajador, muy poco dado a las fantasías, y digamos un espíritu autocrítico quizá exagerado”.

—Guardiola es un líder eficaz y presumía de su incultura, pero no es nada inculto, es verdad que no tiene formación académica, tiene grandes lagunas, pero en el mundo del futbol es casi un sabio, es un hombre que lee, y en el futbol muy pocos leen. Él tiene así ese punto estudioso, es lento leyendo, no es un hombre de gran facilidad, pero le interesa aprender cosas. Cuando se fue a Nueva York, se fue por la privacidad—La imagen que dejó en Enric el técnico más exitoso del futbol contemporáneo, fue la de un ser que cultivaba la anti-arrogancia, alguien que suele ser demasiado autocrítico. Y sinceramente, modesto.

¿Puede un periodista especialista en déficits económicos, mercados financieros, inversiones a futuro, que lo mismo ha cubierto el Pentágono en Washington, que el Vaticano en Roma, que una intifada en la frontera Palestino-Israelí, escribir igual de exquisito sobre el “Derby de la Madonnina” (Inter contra Milán), que realizar entrevistas memorables a autores como Claudio Magris o Alessandro Baricco?

Ese es el tipo de trabajo por el que debería de pasar todo reportero. Cubrir las antípodas de lo que está acostumbrado a escribir. Salir de la zona de confort. Alguien por ahí escribió hace algunos años que un reportero es 50 por ciento de curiosidad, y 50 por ciento de buena escritura. O en otras palabras, mitad de investigación, y la otra mitad escritura.

—Creo que para permitirte ciertas libertades—decía Enric—antes tienes que haberte sometido a disciplina, necesitas hacer el aprendizaje por la vía del rigor. Durante más de 10 años hice información financiera, ahí no te puedes permitir demasiadas fantasías porque se te cae el mundo encima. Creo que al principio y durante toda la vida, tienes que procurar ser honesto, y no equivocarte en los datos que manejas. Y no pues, lo ideal es escribir lo mejor posible, incluir en el texto elementos que pueden no ser estrictamente informativos pero que son reveladores, esa mirada oblicua que a mí me interesa mucho, la crónica indirecta, no entrar tan directamente en cosas que son muy complejas de explicar, mejor verlas a media distancia desde un ángulo, pero digamos la nota dura, la información rigurosa, la búsqueda del dato eso es la buena, lo otro, si te lo puedes permitir, es ideal y si tienes el talento para hacerlo desde el principio, fantástico, pero primero hay que saber. Y eso es tiempo. Yo creo que esto no es una profesión, y ayer se hablaba (en el Encuentro de Cronistas), se dice que un periodista se puede considerarse intelectual, puede, pero no es intelectual en cuanto periodista, es intelectual en cuanto ciudadano que lee y se interesa. El periodismo es un oficio que se aprende con el tiempo, como hacer zapatos, es práctica y creo que hace falta eso, que te den tiempo para practicar, para aprender de colegas mayores y que saben más. Y esa es la importancia tradicional de las redacciones, convivir con gente a quien aprender.

Semanas después de aquella charla, a su regreso a España, Enric se despidió de las páginas del periódico El País.

Apunte

La disciplina de un reportero, de aquel que está instalado más allá del boletín y de la declaración, no podría  explicarse, para empezar, sin la lectura matutina de los periódicos. El lugar común señala que un reportero es el que va “detrás de la nota”, el que busca “la noticia”. Aplica cuando las asignaciones de un medio de comunicación giran sobre oficinas gubernamentales, sectores o temas en específico. Pero  cuando se ha dejado esa etapa atrás y es el reportero el que crea su propia agenda ¿Cómo explicar su labor?

“En la jerarquía de nuestra prensa los reporteros están en el último escalón. Los miran con parecido desprecio, que puede ser un desprecio condescendiente y afectuoso, los jefes en la sala de redacción, y los políticos y funcionarios que les ofrecen material: en el antiguo régimen ese desprecio se materializaba en la propina que daban los responsables de cada fuente a “sus reporteros” en sobres con dinero”, escribió en agosto del 2012 Fernando Escalante en la revista Nexos, donde abordó el estado de nuestra prensa en su texto “Bartleby en la redacción”.

La evolución del trabajo periodístico, por delimitar un tiempo, de una década a la fecha, pasa por la actualización constante, el espíritu autocrítico, y la búsqueda por sobrevivir. Sin duda son tiempos difíciles, adversos, para el ejercicio de la profesión. Paradójicamente los medios impresos, los que de alguna forma han ejercido la crítica al régimen y a los actores de la vida pública del país, están en crisis en sus finanzas. Los despidos aparecen con más frecuencia, las secciones desaparecen o adelgazan, los suplementos se hacen con el menor número de gente. Mientras esto sucede, funcionarios públicos, legisladores y  gobernadores se hinchan de dinero robado al erario. Adjudican obras “fantasma”, tienen intereses en empresas que licitan en sus áreas o gobiernos, y se vinculan de manera abierta con los poderes fácticos: el narco, las televisoras. Las investigaciones de largo aliento desaparecen de los grandes medios, mientras el escenario informativo se fragmenta en la proliferación de páginas web en Internet que reproducen al más bajo costo lo que otros medios con antelación han dado a conocer. Cada año llega una temporada en que se va de un escándalo a otro sin que pase nada. Es decir, sin que los mecanismos legales actúen como lo harían en cualquier democracia consolidada. A todo esto, la impartición de justicia, los jueces, magistrados y los ministros de la Corte, están en caída libre por el desprestigio que les ha provocado dictar sentencias contra el sentido común. ¿De la guardería ABC a la liberación de Raúl Salinas, qué otro caso será más patético?

Los reporteros se vuelven imprescindibles en estos tiempos porque son el mecanismo por el cual la democracia se mira en el espejo para ubicar sus imperfecciones. Su trabajo, cuando toma distancia crítica del gobierno, el sistema, los políticos y sus discursos, se puede convertir en termómetro para medir la salud del ejercicio de la libertad, que no libertinaje, más allá de especulaciones y con el rigor que implica la verificación de los datos. Su trabajo se vuelve imprescindible, como el del analista, quien se convierte en el personaje que con su bagaje y conocimientos de ciertas disciplinas vinculadas a la reflexión y el pensamiento, vuelven al periodismo el mejor mecanismo de resistencia contra los abusos, la intolerancia y los fanatismos que palpitan en toda sociedad.

Por eso el reportero no tiene horarios, ni tiene días festivos, como si ocurre con la burocracia o las empresas. Su naturaleza de “especialista en todas las ramas del conocimiento humano”, lo lleva a vivir a contracorriente, soportando días aciagos pero sin dejar de pisar el terreno firme de lo que cree y defiende. En agosto de 1945, cuando Albert Camus escribió el primer editorial del periódico clandestino Combat, editado durante la ocupación nazi de Francia, esbozó lo que sería la idea para alentar la vida y el trabajo en los tiempos por venir: “Deseo que de estos años de humillación surja el rostro joven de la grandeza reencontrada”.

Posted by Juan Velediaz

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *